viernes, 6 de abril de 2007

América en la Planta de los Pies

(Una invención a cinco voces)
Texto presentado por los suscritos, entonces estudiantes de arquitectura de ARCIS, en el quinto Coloquio de Suelo Americano Un Cruce de Caminos, en octubre de 2002. Publicado en la revista Suelo Americano nº 5 en 2003.

A partir de la vertiente del tiempo, el viaje ha sido para nosotros la herramienta que ha dado la medida de nuestro suelo. Cada salida ha confrontado la enseñanza de lo establecido por ramos teóricos, con el aprendizaje de nombrar la realidad para poder construir el propio discurso de la tierra, viviéndolo y enriqueciéndolo en base a lo que no se sabe y salir a buscarlo. Cada viaje reinventa el lugar, tiene una medida por si mismo obligándonos a salir de lo plano, asumiendo el encargo de la arquitectura con habitantes y junto con eso, las costumbres, su palabra, su suelo primigenio, un encargo del mundo sensible de cada lugar.

Estación Central, esperando el tren mil diecisiete Alameda-Temuco, una sensación de desenlace de algo importante; una travesía para la cual todos vienen preparados. Un caos que se resuelve con la partida del tren e inicio de nuestro viaje, mientras de noche asombrados capeamos las últimas gotas de ciudad eterna. El destino en mente: Capitán Pastene. Muchas cosas pasarán aún por el camino. El objetivo de nuestra búsqueda: un puñado de italianos perdidos en Nahuelbuta.

A la llegada una especie de acuerdo tácito discrimina la plaza de cada lugar como punto de partida; una vez ahí se construye la imagen del lugar, la forma de habitar como viajeros un tiempo que tomaremos para hacerlo eterno. Nuestra mirada del lugar será con la distancia de lo propio, la primera impresión que nos conmueve y por lo tanto nos da la lectura del temperamento del lugar, su visión sensible, algo que sólo hace eco en nosotros que somos, en ese momento, contraste de realidades, y que por un instante nos damos cuenta hasta dónde reconocemos las señas antiguas y nombramos las nuevas como quien asume el viaje como el orden de la palabra que se hace lugar, reivindicando la identidad de cada pueblo.

En cada salida ocurre una especie de enamoramiento, un pensar todo el día en lo que sé esta haciendo considerando cada estímulo como una insinuación de algo más grande. Al viajar toma forma la ilusión de que en cualquier momento una declaración está esperando, y con esa esperanza conversamos con la gente del lugar en una instancia en que somos los oídos de una memoria que no ha sido revivida, trasladando las palabras de amor a observaciones que tienen esa misma carga amorosa. El lugar es recogido en un instante, en un nombre que será nuestro tesoro al cual atribuir las cualidades del lugar, desde un punto sensorial cercano para nosotros sin importar la medida del viaje, pues la ponderación de éste tiene otros impactos.

El camino que recorremos da la medida de un territorio que se incorpora a lo que conocemos en un recorrido que se hace de a pares, compartiendo un acervo de experiencias con las que hacemos taller. Así una pertenencia a lo colectivo, alimentada entre nosotros por la camaradería, brinda la germinación de los temas propios.

Al llegar a Colmo por ejemplo, en otro de los viajes de Suelo Americano, el grupo se dividió de una manera aparentemente antagónica, pero que, como nos dimos cuenta más tarde, a la larga no revestía mayor disonancia. Es más, las actitudes asumidas iban tomadas de la mano: uno de nosotros quería investigar lo “propiamente arquitectónico del lugar”, es decir, la conformación de las viviendas y edificaciones, interesaba sobre todo la estación de tren abandonada y una casona colonial que según sabíamos era patrimonio nacional, pues perteneció a Benjamín Vicuña Mackenna; otro quería indagar el territorio desde la altura, o sea, reconocer la magnitud territorial desde la relación que se establece entre la geografía y lo construido, era de especial interés ascender –para estos efectos- el Cerro Mauco, en el que según las crónicas se encuentra una fortaleza de origen incaico. Este bagaje que cada uno trae en sus mentes y en sus corazones, como idea previa de cómo abordar el territorio y lo que realmente ofrece éste para nuestra investigación es lo que produce una tensión, fértil hay que decirlo, puesto que el territorio siempre tiene ese plus de sorprender, esa capacidad para hacer que el viajero después de girar la cabeza, vea el lugar con otros ojos.

Al viajar aprendiendo, así en compañía, salen a relucir unas experticias individuales que se ponen a trabajar en función de los encargos. Esas especialidades no se deben suponer activas a priori en el viajero del Suelo Americano, en realidad se van estimulando en los enigmas que plantean el territorio y el encargo. De este modo si el estudiante es un apasionado viajero de los adobes y las estructuras, que huele el aroma de los vanos de alerce, hay que exacerbarle su búsqueda, él será un buscador de lo próximo –sin perjuicio de que pueda expandir sus fronteras- la edificación, la gente, el habitar en el roce, serán sus temas; así también si el estudiante es un viajero de las cumbres o de los ríos, un trazador de los territorios, que desde la altura entiende las relaciones que se extienden en el horizonte y que nacen de la proximidad, su lugar será en las montañas, o en el mar, o en el llano, o en el viento –sin dejar que éste se lo lleve a los desfiladeros de la vida- y deberá volver a mostrar lo que esas magnitudes nos quieren señalar; también habrán otros que serán viajeros apasionados del patrimonio, de lo celestial, que con su erudición combinada con la exploración exacta nos dotarán de la seriedad, de la autoridad que requiere todo trabajo realizado desde un viaje.

El viaje le regala cansancio a nuestro cuerpo, sed, viento en la cara, nos hace sentir el suelo en la planta de los pies. Si subimos por la huella de los cabreros de Huentelauquen nos asomamos, como por una ventana, a lo que significa el oficio de arrear cabras en este lugar y su modo particular de ocupar el suelo. De este modo el viaje nos regala instrumentos con los que hacer el propio oficio, el de la arquitectura y el del viaje. Con el viaje recuperamos esa medida telúrica de la arquitectura local, a través de nombres que nos abren el lugar, como palabras claves, así nosotros somos dueños de una observación que está en armonía con el desarrollo de nuestra mirada arquitectónica, dando la posibilidad de sacar una herramienta que pueda ser genérica y pasar a ser parte de nuestro carácter como arquitectos, en formas y proposiciones.

Así podemos decir que en nuestros viajes constantemente estamos en búsqueda de aquellos nombres claves, que son la conexión entre nosotros y la fundación de lugares, reivindicando su palabra.

La medida del viaje se da en el peso que damos a los hitos nombrados, que dan la condición con la cual podemos hacer ideas, y como resultado formas espaciales arraigadas a lo que hemos vivido en nuestro viaje.

El asumir el viaje propone un continuo develar experiencias. Unas verdades que son ineludibles y que se hacen invariantes; así surge una manera de aproximación a partir de la maduración (el estar junto al tiempo). El viaje se domestica en el tiempo-territorio; recorriéndolo aparecen las formas, las magnitudes, se puede sentir una ocupación que a priori es antojadiza. Por lo tanto, el viaje se compone de una cosa esencial: el rito. Se pasa de ser huésped a ocupante, se nombra el espacio o lugaridad con alguna intención, se regula el acontecer. Esto da pie a lo espontáneo y libre (lo vernáculo).

Tensamos el cuerpo. Durante el viaje uno es sobre todo vulnerable.

Viajarse involucra una actitud activa, es la actitud de tensar el espíritu como un arco para recibir unas voces estando con el oído atento. El viaje emprendido como búsqueda de un algo. Se construye sobre la aparente contradicción que es: saber que se está viajando en busca de un algo que no se sabe qué es. Así nos sentamos en el primer asiento del bus para descubrir de qué va el camino. Así es como en la tensión entre lo conocido y lo no conocido, entre el lugar pasado y el lugar futuro, se construye un viaje. El viaje en la desmedida.

Lo primero: reconocer el surco del camino y su importancia, su fuerza telúrica, su derecha y su izquierda. Entender que a partir de allí hay una línea que une dos puntos y que a su vez se unen con otros. Imaginar en el tiempo - en la vertiente del tiempo - el surco, la huella, el camino hecho en el nomadismo que se cruza con otro hecho en el sedentarismo.

Un camino nos mide como un surco. Al partir de un pueblo o ciudad se nos hace “lugar pasado”, y el destino señalado se nos hace devenir tanto como un lugar futuro, al cual vamos y podemos o no llegar. Nuestro presente se nos hace camino tal cual señala su destino extendido en la distancia.

Como la impresión de quienes llegaron y quienes ya estaban, todos muy lejos de aquí hicieron del suelo un arrebato de esa impresión. Impresión de encontrar el mundo que te hace otro: unos en una orilla del surco, otros en otra.

Y aquí estoy en Estación Central, aquí me bajo, donde dos caminos se cruzan y se encuentran, un lugar de presencia en ausencias medidas, de cosas traídas como medida de otro territorio. Un cruce de caminos, un encuentro de extensiones traídas, tenencias vividas que llegan. Porque no sólo viajamos por un camino físico sino también por aquellos que ya se han viajado, con un presente que carga “el lugar pasado” y se enfrentan al destino en la extensión del camino.

El viajar se hace acto y oficio, es surcar; la materia se estremece porque uno es suelo.

Quisiera ir al cuestionamiento de hoy día: si el suelo es aquello que da sustento a nuestro habitar y la lugaridad americana suscita tanta contradicción ¿qué puede ser suelo americano o “el suelo americano”?

Pienso: quizás la materia de este suelo se encuentra en la distancia. Como en la desmedida, de cosas traídas incompletas del hacer que les dieron ser, el oficio que aquí está a medias.

Y seguimos hablando de “América”, se me hace suelo en su negación, tal cual nos vamos de lo que no queremos y así sabemos a donde ir.

Como si todos nosotros (y todos aquellos que llegaron antes) estuviésemos siempre llegando, porque innegablemente siempre nos estamos yendo. Como si la ausencia hiciera nuestra presencia. Como si aquellos “lugares futuros” cobraran vida propia como imaginario, tanto para europeos, indios, criollos y mestizos. Y creyeran que a través de palabras, nombres, relatos, tendrían su lugar originario, pero en tanto un territorio de medidas imaginarias.

Viajar en el suelo americano es hacerse nómade, cargar con lo justo y necesario. Hacerse con los pares, oleada cultural contemporánea dispuesta a cuestionarse y cuestionar en otro territorio, que será el propio a partir de una plaza, de un sitio plaza, de un lugar.

Vernos enfrentados a una profusión de fenómenos, la hemorragia del mundo por donde el mundo sangra su existencia de olores, colores, sonidos y oficios.

Curiosamente uno no se arma con lo que América no entrega. Nos armamos a partir de una plaza porque las ciudades en América no tienen muros. Uno se aproxima a lo que ocurre de un modo que no tiene relación con el pensamiento occidental sino más bien con un modo de entender el mundo que es propiamente americano, porque quién dijo que América no tenía pensamiento. Comienza uno a recordar historias de abuelos, costumbres familiares, eventos de su propia historia, maneras de hacer que no pasaron por la academia y trasuntan coherencia con lo telúrico.

¿Cómo enfrenta el viaje un estudiante de arquitectura? Al llegar a un lugar se manifiesta uno de los dilemas a los que nos vemos enfrentados constantemente: recorrer el territorio con un instrumento dado por la ilustración –mapas, crónicas, estadísticas, técnicas, etc.- o atender a lo que se puede llamar una primera impresión del lugar, manifestación de las formas, colores, olores, roce con los habitantes. ¿Cuál es entonces el equipaje que debe armarse el estudiante de arquitectura para sus viajes? ¿El de los sentidos o el de la erudición? ¿o ambos juntos? Los viajes de Suelo Americano no son viajes en solitario, son viaje en compañía, grupos de compañeros que viajamos en busca de unos territorios, las mejores observaciones las dialogamos en el caminar, de ahí que uno de nosotros dijera en un momento “en América se medita caminando”, recorriendo el territorio, cuestionándolo y él cuestionándonos a nosotros en el vagar; no es la actitud de ser montaña, es recorrerla, caminarla, narrarla.

La investigación en el Suelo Americano no puede ser a partir de unas certezas. Con suerte unas vagas suposiciones. Las estructuras prefijadas nunca permanecen y sirven de muleta sólo para volver a traducir a la academia un conocimiento que se da más en lo vivido que en lo conocido de antemano, escrito por ahí en unos libros de bonita encuadernación.

En conclusión el viaje es viaje cuando deja una medida tectónica y humana, una certeza que convida palabra.


Julio Cayuqueo Curriñir
Cristián Campos Castillo
Apolo Coba Wistuba
Jesús Santibañez Montalva
Cristián Soto Carvajal (editor)

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